viernes, 7 de mayo de 2010

El Ángel Rojo

No soy capaz de imaginar ideología más perversa que las derivadas de las doctrinas de Karl Marx (si acaso el Islam), pero una ideología, por malsana que se sea, no define a un hombre. Sirva de ejemplo Melchor Rodríguez, político anarquista (de la CNT FAI) digno de mi mas profundo y sincero respeto. He aquí su historia:

Melchor Rodriguez nació en el sevillano barrio de Triana en 1893. Tempranamente se quedó huérfano de padre al fallecer éste en un accidente laboral. El hogar, quedaba reducido a la miseria y al trabajo de su madre, cigarrera y costurera en diversas casas sevillanas. Había que educar a tres hijos. Melchor cursó estudios primarios en la escuela del asilo. A los trece años trabaja como calderero. Envuelto en la pobreza, ve en los ruedos un camino para sacudirse la miseria, y movido por ese afán abandona su casa y empieza una gira de capea en capea. En la enciclopedia taurina Cossio, se cita a Melchor como el único que alternó la lidia de reses bravas con las actividades políticas.



Pronto abandonará esta experiencia y roto por una cornada, acabará en Madrid trabajando como chapista. Allí entra en contacto con los círculos libertarios, teniendo el carné nº 3 de la Agrupación Anarquista de la Región Centro, y llegando a ser el presidente del sindicato de carroceros. En las filas de la CNT comienza una lucha en favor de los derechos de los presos, incluso de los presos de ideologías contrarias, lo cual le hace acabar tras las rejas en multitud de ocasiones a lo largo de la monarquía y la República.

Tras el estallido de la guerra, los anarquistas colaboran con el gobierno frente a los sublevados y Melchor Rodríguez fue nombrado en otoño responsable de prisiones. Melchor intenta entonces detener las sacas de los centros penitenciarios madrileños, esto es, los traslados y asesinatos masivos de presos que se producían estando el comunista Santiago Carrillo al frente del Consejo de Orden Público y el socialista Ángel Galarza en el Ministerio de la Gobernación. Melchor prohibió terminantemente en lo sucesivo los traslados nocturnos de reclusos, exigiendo su firma y sello para cualquier movimiento de presos, impuso normas a las milicias que operaban en las cárceles y dio pasos para tomar el control efectivo de las mismas. Esta postura firme frente a los asesinatos le valió el choque con los dirigentes y las milicias comunistas y acusaciones de quintacolumnismo.

El primer enfrentamiento se saldó con su dimisión a cuatro días de su nombramiento. Pero, tras presiones internacionales y del Tribunal Supremo, el Ministro de Justicia del Gobierno republicano, el anarquista García Oliver, le pidió que retomase el cargo con plenos poderes, por lo que en ese momento volvió reforzado. Carillo fue cesado y Melchor Rodríguez consigue así acabar con el terror en las cárceles e imponer garantías en el trato a los prisioneros de guerra. En este pulso, Melchor había llegado a parar en el puente de Ventas a punta de pistola la última de estas negras expediciones que acababan en las fosas comunes de Paracuellos del Jarama.

Apenas había durado tres meses en el cargo, pero ese tiempo había bastado para salvar miles de vidas, que desde entonces lo conocerían con el apelativo cariñoso del "ángel rojo". Muchos de sus correligionarios, sin embargo, le acusaban de ser el ángel traidor, pues incluso en esos terribles años de ceguera sectaria, para Melchor toda vida humana era sagrada. En 1938 se jugó el cuello por permitir que en el funeral de Serafín Álvarez Quintero se exhibiera un crucifijo, cumpliendo la última voluntad del finado. Fue el único crucifijo que se exhibió en público en el Madrid rojo.

Pero el episodio, por el cual la Asamblea de las Naciones Unidas le ha distinguido, sucedió el 8 de diciembre de 1936 en la cárcel de Alcalá de Henares: dos días antes se había asesinado a los 319 presos de la cárcel de Guadalajara. Tras un bombardeo del ejército nacional en Alcalá, de nuevo la consigna se apoderó de las masas enfervorecidas: A la prisión, a no dejar un preso con vida. El alcalde y el director de la prisión se consideraron impotentes para frenar a la milicia de obreros. Cuando ya estaban a punto de abrir las celdas, se presentó Melchor dispuesto a parar esa locura. Se interpuso con su cuerpo, y gritando que si alguien quisiera matar a un solo preso, primero tenía que acabar con él. Tras horas de discusión, amenazas de muerte contra él, y apuntándole todos los fusiles consiguió disolver a los violentos. Ese día salvó la vida de 1.532 personas. Recibió por ello el reconocimiento de multitud de embajadas de países europeos e iberoamericanos.

Tras su destitución por los comunistas fue nombrado Delegado de cementerios, trabajo que como todos los suyos, se tomó muy en serio. Él mismo revisaba los nichos y sepulturas. Con la entrada de las tropas de Franco, y a pesar de disponer de coche por su cargo oficial, se quedó en Madrid. En noviembre de 1939 fue juzgado por un Consejo de guerra. Incluso el fiscal resaltó sus grandes virtudes cristianas. Pero la injusticia franquista fue implacable. Seis años de cárcel. Después vivió modestamente como empleado de seguros, rechazando toda ayuda económica. Hay testimonios que señalan que nunca renegó de sus ideas y que durante la posguerra trabajó a favor de varios comités clandestinos.

Un día, al volver a casa, encontraron a Melchor desmayado y caído en el suelo, con una herida en la cabeza. Lo trasladaron al Hospital Francisco, y allí fue a verle su íntimo amigo Martín Artajo (Ministro de Asuntos Exteriores). Cuando Melchor recobró la lucidez charlaron largo rato. Martín Artajo llevaba una corbata con los colores anarquistas, y también un crucifijo. Al final de la conversación, Melchor Rodriguez besó la imagen.
Murió el 14 de febrero de 1972. Gentes procedentes de uno y de otro bando, sus compañeros de militancia y aquellos enemigos a los que había salvado la vida, coincidieron aquel día en su entierro, porque no en vano Melchor es un símbolo de reconciliacion. Fue enterrado con un crucifijo y con la bandera rojinegra de la CNT. Se rezó un multitudinario Padrenuestro y cuentan algunos testimonios de la época que al final, algunos falangistas auténticos -es decir, los fieles al pensamiento joseantoniano y opuestos al franquismo- y algunos anarcosindicalistas unieron sus voces cantando en recuerdo de Melchor la vieja canción anarquista Negras Tormentas. Así, con la bella música de la Varsoviana, en plena dictadura, sonaron aquel día en Madrid para Melchor Rodríguez aquellas estrofas: "El bien más preciado es la libertad, hay que defenderla con fe y valor..."

Más de treinta años después de esa muerte, en la capital de España no hay ni un triste monumento, ni una triste placa, ni un triste hueco en el callejero para quien fue su concejal, que vivió y trabajó toda su vida en la ciudad y que aquí llevó a cabo algunos de sus comportamientos más ejemplares.
Jarabeautentico.blogspot.com

A este espeluznante testimonio quiero añadir un informe del agente comunista del Comitern Stoyán Minéyevich Ivanov (alias Stepánov), que fue enviado a España como parte del operativo de bolcheviquización de nuestro país. En su informe a Moscú detalla lo siguiente:

«...Melchor Rodríguez, anarquista. Antiguo director de las prisiones republicanas. De este sujeto que se pasea libremente por las calles de Madrid con los fascistas, el diario fascista Ya de 21 de abril de 1939, a la vez que insertaba una foto suya, afirmaba: "Melchor Rodríguez que, desde su puesto de director de Prisiones de la región del Centro, defendió valientemente a miles de nacionales encerrados en las cárceles rojas". Y después se incluye la siguiente entrevista:

-¿Por qué Vd., siendo anarquista, salvó la vida a tantos nacionales en el periodo rojo? -Simplemente era mi deber. Siempre me vi reflejado en cada preso. Cuando me encontraba en la cárcel, pedí protección a los monárquicos, a los derechistas, a los republicanos... a aquéllos que se encontraban en el poder; entonces me consideré obligado a hacer lo mismo que había defendido cuando o mismo estuve recluido en las cárceles, es decir, salvar la vida de estas personas.

-¿Le resultó fácil? -Ahora puedo decir con satisfacción que a menudo me arriesgué a perder la vida propia por salvar las de otros. Muchas veces en mi propio despacho me apuntaron al pecho con el cañón de un revólver. Salía del problema echándole valor. Cuando regresé a Madrid después de haber salvado de la muerte a 1.532 presos en Alcalá, tuve que escuchar unos tremendos insultos y amenazas de jefes de relevancia que hasta llegaron a acusarme de ser un fascista.

Tuve a menudo la posibilidad de huir de la zona republicana, pero no la aproveche, porque ¿quién se hubiese preocupado de los 12.000 presos que había en las cinco cárceles de Madrid, y de los 1.500 en la de Alcalá, de las 28 personas escondidas en mi casa y de muchas, muchas más? Solamente yo podía hacer esto. Ahora debo decir que estaba solo en este asunto. Ninguno de ellos, de los rojos, me prestó ayuda...»
Más tarde leí en un libro publicado por el que fue cónsul de Noruega en el Madrid rojo, y organizador de una de las redes más extensas para sacar perseguidos de ese infierno, Félix Schlayer, (Otro hombre encomiable) su opinión sobre Melchor Rodríguez:

 "Cuando hablé con él por segunda vez, y me contó sus concepciones ideales acerca de la vida en común de los hombres con elocuentes palabras, le dije: 'Usted no es un anarquista, sino uno de los primeros cristianos de las catacumbas, y usted se equivoca, como ellos, en que la humanidad, en la realidad es totalmente diferente a sus sueños'".
- Félix Schlayer, Un Diplomático en el Madrid rojo, p.161 -.

Como curiosidad os dejo éste video. Unos desconocidos homenajearon a Melchor Rodríguez sustituyendo la placa de la madrileña calle Fomento (donde estuvo la archiconocida "Checa" de represión socialista) por una donde aparecía su nombre. De justicia sería que se llamase así de verdad, en mi opinión.

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